Hoy no quiero estar.
Odio tener un nudo en la
garganta
que el orgullo no me deja
convertir en llanto agónico
o en grito lastimero.
Odio resistirme al dolor
pero no al dolor físico
ese normalmente banal.
Resistirme a ese dolor que es
por todo lado
y en ninguna parte a la vez,
que lo siento hasta en el aire
y en todo mi ser.
Quisiera gritar
hablar con alguien
salir corriendo
cambiar todo pero no
puedo…
el orgullo no me deja,
todo se resume a un
“estoy bien”
y todo sigue como si nada.
Siento que me hundo
en un vacio inmenso de
impotencia y resignación.
Solo sé que no quiero sentir
más de ese dolor sin sentido,
sin aparente causa.
Solo sé que basta con mi
orgullo
para regalarle al día que viene
una sonrisa,
una sonrisa hipócrita
esa que todos conocen
y que tanto me caracteriza,
esa que viene adherida a
mí
y que no me deja ni en el peor
de los momentos
ni en la más triste de las
ocasiones,
que a veces, solo a veces,
me deja descansar para soltar
mi llanto,
ese anónimo y desconocido
por todos,
ese que solo conozco yo
y claro, mi fiel compañera
desde hace un tiempo, la soledad,
compañera que nunca le dirá a
nadie lo amargo de cada lamento.
No quiero llorar,
no me gusta llorar,
mañana mi sonrisa
hipócrita
no luciría bien con los rastros
que deja un brote de dolor en mí,
sería una risa hipócrita un
poco erosionada por lo intenso del dolor.
Intenso, si,
porque cada dolor se suma a los
anteriores
son como presos en calabozos
que solo se reúnen
y salen cada vez que entra un
nuevo compañero,
como si mi corazón fuera un
fuerte
para castigar cada mal momento
en mi vida,
cada desdicha.
Si hoy me preguntan - ¿estás
bien?,
la respuesta es no,
no estoy bien
tampoco mal,
solo que hoy es un día de
esos
en que no quiero estar.
Lía
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